SONRISAS DE LUZ Y PAZ

EVANGELIO DEL DÍA. MIS ESCRITOS, MÚSICA Y POESIAS

viernes, 8 de enero de 2021

VOCACIÓN DE ABRAHAM

 



 


 

 

Ur de Caldea, ciudad enclavada junto al río Éufrates. Allí nació Abraham. Un hombre como los demás. Con sus defectos, pasiones y virtudes.

            Un día Dios lo llamó. Dios no mira la apariencia. Dios mira el fondo del corazón. Y llama al que Él quiere, como Él quiere y cuando Él quiere.

 

 

Vocación de Abraham. Génesis I, 8

 

País de Mesopotamia,

bañado por grandes ríos,

uno es el Tigris y el Éufrates,

que hacen de tí un paraíso.

 

Con tu cielo, siempre azul,

y tus jardines colgantes,

Babilonia la ciudad

con hechizos orientales.

 

Ur, un niño allí nacería,

que su nombre sería Abraham,

mas un día, Dios le diría:

Tu tierra la has de dejar.

 

El siente que sus entrañas

se le van a desgarrar,

tiene que emigrar tan lejos,

a la tierra de Canaám.

 

Aun sin conocer la cruz,

que da sentido al dolor,

Abraham abraza en la Fe,

con amor, su vocación.

 

Mas Abraham no deja todo,

la Biblia nos lo dirá:

las personas que más ama

las riquezas, lo que él tiene,

con él se los llevará.

Dios es Padre y poco a poco

ya le irá pidiendo más.

 

 

 

 

 

La promesa divina hecha por Dios a Abraham.

 

Dios prueba la vocación de Abraham. Le deja salir con sus riquezas materiales, pero le hace sentir la dura prueba de su esterilidad a través de Sara. Y una vez que ha acrisolado su fe, le promete una gran fecundidad.

 

 

Promesa (Génesis 15,17)

 

Si me haces dejar mi tierra,

¿para qué ha sido, Yahvé?

Si ahora ha de ser un extraño

el que heredará mi fe.

 

No temas, dice Yahvé,

porque tu escudo soy Yo;

no dejo sin recompensa

a los que buscan mi Amor.

 

En una noche serena,

en el firmamento azul,

brillaban miles de estrellas,

emitiendo su gran luz.

 

Alza tus ojos al Cielo,

si puedes las contarás;

mucho más que esas estrellas

tu descendencia será.

 

Así Dios con la promesa

afianza más su fe.

Abraham sigue caminando

siempre siguiendo a Yahvé.

 

 

 

La Alianza de Dios con Abraham (Génesis 17, 1-9)

 

Por fin ha llegado el día en que Yahvé pacte una alianza con Abraham. Han tenido que pasar años, pero Abraham, siempre con la antorcha de la fe en la mano, ha ido siguiendo a Yahvé a través de la oscuridad de sus noches. Yahvé le hizo un día una promesa y, plenamente se ha fiado de Él. Yahvé no olvida lo que promete. Y pacta su Alianza.

 

Peregrino siempre andante,

buscando el rastro de Dios,

Abraham es el hombre fiel

a los designios de Amor.

 

 

Caminas en su presencia

fijos los ojos en Él;

Yahvé es para ti el Amigo

y  así conversas con Él.

 

A la sombra de una encina

o en la tienda bajo el sol,

siempre es el gran confidente

de los secretos de Dios.

 

Aun después de la Alianza,

sellada ya con Abraham,

le sigue Yahvé probando,

pues¿tanto le quieres amar?.

 

Numerosa descendencia,

cual las arenas del mar,

y le pides la oblación

que más le podía costar:

sacrificar a su hijo

en holocausto total.

 

Y su fe, ya acrisolada,

es pura como un cristal

que deja pasar el sol,

proyectando claridad.

 

Hoy, después de tantos siglos,

y por siempre lo será

él nuestro padre en la fe,

pues tanto te supo amar,

dando la prueba constante

de su gran fidelidad.

 

Hoy, cual lucero del alba,

como aurora matinal,

sigue vivo con su ejemplo,

arrastrando a los demás,

con la llama de la fe

a la eterna claridad.

 

De un día ya a plena luz,

que ocaso no existe ya,

su sol es Cristo que brilla

por toda la eternidad.

 

 

 

 

En el universo hay millones y millones de estrellas, pero solo algunas logramos verlas con nuestros ojos. La mayoría pasan desapercibidas, anónimas.

            Una de las que vemos es el Sol. La más grande y luminosa por ser la más próxima; para nosotros Cristo es ese sol, que está dando sentido a toda nuestra existencia.

            Está la Estrella Polar, el Lucero del Alba, y luego miles de estrellas al alcance de nuestra mirada.

            Eso tenemos que ser toda alma consagrada. Un signo que hable de Dios al mundo. Eso fue Abraham. Él, como la Estrella Polar, sigue y seguirá siendo un signo luminoso en medio de la noche de nuestra fe. Eso tenemos que ser cada uno de nosotros. Porque Dios, desde la eternidad, marcó nuestra existencia con un signo: nuestro carisma, la CARIDAD

                            Mª del Carmen Díaz

 


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Lectura del santo evangelio según san Marcos (5,21-43): En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?» Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»» Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.» Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.» Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le djo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña. Palabra del Señor

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